Delfos, armonía arquitectónica en el “ombligo” de la Antigua Grecia
Fernando Barroso
Fernando Barroso
@FernandoBarVar
5 de agosto de 2019

El yacimiento arqueológico del mítico oráculo constituye un “testimonio único” de la civilización helénica con el aliciente de sus paisajes naturales

   Grecia es un país cuyo legado patrimonial resulta directamente abrumador a la hora de visitar sus ciudades y territorios, cargados de testimonios arqueológicos de aquella brillante Antigüedad Clásica a la que tanto deben las actuales sociedades de Occidente.

   Los vestigios de la imponente Acrópolis de Atenas, el espectacular teatro de Epidauro, los solemnes restos del estadio y el santuario de Olimpia o las ciclópeas ruinas de la legendaria Micenas, por ejemplo, reflejan el esplendor de una civilización que acunaba al mundo moderno gracias a su desarrollo artístico, filosófico y político.

Auriga de Delfos. Fotografía: Fernando Barroso

   Pero aunque Grecia esté regada de huellas de la antigua Hélade, hasta que se naturaliza en cierta medida la presencia de vestigios verdaderamente excepcionales, resulta inevitable vibrar ante la combinación entre arquitectura y naturaleza y el misticismo que desprende el conjunto arqueológico de la antigua ciudad santuario de Delfos.

   La mítica Delfos, a casi 180 kilómetros al noroeste de Atenas, fue construida en una ladera del monte Párnaso, un colosal macizo de piedra caliza que se alza hasta 2.457 metros sobre el nivel del mar, coronando la región griega de Fócida.

   Según la mitología de la antigua Hélade, la localización del enclave corresponde al lugar donde se encontraron dos águilas liberadas por el todopoderoso Zeus desde cada uno de los confines del Universo, para que encontrasen el “ombligo” del mundo conocido. Y aunque se trate de una leyenda, lo cierto es que salta a la vista la singularidad del paraje que rodea a Delfos.

   Porque bajo dos prominentes peñas bautizadas como las Fedríades, los vestigios de Delfos ofrecen unas privilegiadas y nada casuales vistas del espectacular paisaje natural que dibujan el valle del río Pleistos y las imponentes montañas que lo protegen hasta su desembocadura en el golfo de Corinto, cubiertas de un manto de roca y arboleda.

Kuros. Fotografía: Fernando Barroso

   La arqueología remonta al Neolítico la más primitiva huella de presencia humana en este entorno, revelando además un asentamiento micénico previo a la fundación como tal del santuario de Delfos. De nuevo de acuerdo con la mitología griega, en la más primigenia etapa del lugar, el mismo estaba dedicado a Gea, Madre Tierra, acogiendo desde tiempos inmemoriales un oráculo custodiado por la monstruosa serpiente Pitón hasta ser derrotada por Apolo, dios del Sol.

   A partir de ahí, y siempre según la prolija y fascinante mitología, el santuario de Apolo fue fundado por un grupo de cretenses cuya nave fue guiada por el dios transformado en delfín, toda vez que la ciencia fija en el siglo octavo antes de la era actual el nacimiento del culto a Apolo en este enclave y los primeros momentos del célebre oráculo, encarnado por una sacerdotisa bautizada como Pitia o Pitonisa en memoria del mencionado reptil mitológico.

Gato descansando junto al Santuario de Atenea. Fotografía: Fernando Barroso

“SÍMBOLO” DEL ANTIGUO MUNDO HELÉNICO

   La ciudad santuario, cuyos templos de Apolo y de Atenea habrían sido levantados a finales del siglo séptimo antes de la era común, cobró especial preponderancia a partir del siglo sexto antes de nuestra era y según expone la arqueóloga griega Elena C. Partida en un artículo para el ministerio heleno de Cultura, se convirtió en “el centro cultural y religioso” de las antiguas polis griegas y en “símbolo de unidad (espiritual, de tradiciones y de interpretación de la vida) para el mundo helénico”, al atraer su oráculo la peregrinación de gobernantes y ciudadanos anónimos procedentes de todos los lugares.



   A día de hoy, el enclave acoge a otros peregrinos, atraídos por el magnetismo que emanan estas ruinas evocando la magia de aquella era en la que la civilización, tal y como la conocemos actualmente, aún era joven.

   El conjunto arqueológico de Delfos, declarado Patrimonio Mundial en 1987, se sitúa así en la actual carretera que conecta Arájova con las localidades costeras de Itea y Cirra, a pocos minutos a pie del moderno municipio homónimo, equipado con alojamientos y servicios diversos para los viajeros.

   Las ruinas de la antigua ciudad santuario, otrora epicentro del mundo helénico, descansan en una serie de terrazas de diferentes niveles ceñidas a la orografía de la ladera del monte Párnaso y conectadas por la Vía Sacra, que recorre en zigzag el recinto como ascendente camino ceremonial del peregrinaje al oráculo.

Teatro de Apolo. Fotografía: Fernando Barroso

   Siempre ante el impactante paisaje montañoso del valle del Pleistos, el pedregoso circuito arqueológico de Delfos gira en torno a los restos del monumental templo dórico de Apolo, la construcción más importante del santuario como sede de los ritos adivinatorios ligados a la Pitia y los sacerdotes que interpretaban sus palabras. Varias veces destruido y otras tantas edificado de nuevo, los sillares y columnas que han sobrevivido hasta nuestros días corresponderían a la reconstrucción promovida tras el terremoto que allá por el año 373 antes de la era actual hizo colapsar el templo.

 

Tholos de Delfos. Fotografías: Fernando Barroso

 Destacan en segundo lugar los diversos restos del santuario de Atenea Pronaia, un grupo de construcciones dedicadas a dicha diosa entre las que despunta excepcionalmente el templete circular o ‘tholos’, “obra maestra de la arquitectura clásica” según la experta Elena C. Partida. De este templo se pueden admirar a día de hoy tres reconstruidas columnas dóricas unidas por un fragmento de friso, que sobre su prominente podio escalonado constituyen el principal símbolo visual del actual enclave arqueológico.

TEATRO EN UN MARCO INCOMPARABLE

    Cautiva igualmente el recinto del teatro, cuya construcción inicial se remonta al cuarto siglo antes de la era común y cuyas gradas podían acoger hasta 5.000 espectadores, que disfrutarían de las funciones escénicas y musicales contemplando al fondo el marco incomparable de las estribaciones montañosas del valle del Pleistos.

    Otro de los espacios del yacimiento cuya magnificencia refleja el esplendor alcanzado por la antigua Delfos es el estadio, construido en el sector más alto de la ciudad aprovechando la pendiente de la ladera. También con capacidad para unos 5.000 espectadores, el estadio de Delfos acogía los Juegos Píticos en honor a Apolo y, actualmente, constituye uno de los monumentos de su categoría mejor conservados, toda vez que si bien su cronología se remontaría al siglo quinto antes de nuestra era, sus gradas de piedra caliza fueron instaladas en el siglo segundo de nuestra era.

Estadio. Fotografía: Fernando Barroso

   También en el ámbito deportivo, Delfos conserva vestigios de su antiguo gimnasio, que además de entrenamientos habría acogido actos culturales como recitales poéticos o filosóficos. Dividido en dos terrazas escalonadas donde reposan los restos de instalaciones tales como dos pistas de 178 metros de longitud, palestra o baños, el gimnasio de Delfos supone “uno de los más completos ejemplos” de este tipo de recintos en la Antigüedad Clásica, según Elena E. Partida.

Gimnasio. Fotografía: Fernando Barroso

   La potencia visual y evocadora de estos enclaves es tal, que no resulta difícil que la imaginación se dispare hacia aquellos tiempos de grandes fastos, cultos y espectáculos deportivos vividos en las hoy silenciosas terrazas de Delfos.   

Tesoro ateniense. Fotografías: Fernando Barroso

   Siempre sin abandonar el serpenteante recorrido de la Vía Sacra, flanquean la misma las ruinas de una serie de capillas, los llamados “tesoros”, donde las diferentes ciudades del ámbito helénico custodiaban las reliquias votivas, donaciones y trofeos con los que participaban de la vida cultural y religiosa de la ciudad santuario. Entre estos templetes se alza especialmente el vistoso Tesoro de los Atenienses, reconstruido en 1906 tras haber sido erigido en mármol hacia finales del sexto siglo antes de la era común o comienzos del quinto, con inscripciones en sus muros sobre costumbres, rituales o decretos honoríficos.

   En la visita a Delfos también son imprescindibles los vestigios de la Fuente de Castalia, cuya agua era usada para el aseo de la Pitia y los sacerdotes del templo de Apolo e incluso para la limpieza del propio templo. De este particular enclave al pie de la garganta que separa los picos Fedríades se conservan actualmente restos tanto del emplazamiento arcaico, como del recinto construido ya en el siglo primero antes de la era actual en una localización más elevada.

   Y por si supiese a poco toda esta ingente cantidad de patrimonio histórico y reminiscencias de la antigua Hélade, el yacimiento de Delfos cuenta además con un completísimo museo, con piezas verdaderamente emblemáticas para la arqueología y la Grecia clásica, como la famosa y refinada escultura broncínea del auriga, la Esfinge de Naxos o los dos imponentes ‘kuros’ o estatuas hieráticas de estilo arcaico asociadas a los gemelos mitológicos Cleobis y Bitón, entre otras muchas joyas de la antigua ciudad santuario.

   En definitiva, las ruinas de Delfos constituyen una visita obligada para los amantes de la Antigüedad Clásica, así como un enclave intensamente atractivo dada la sugestiva integración del santuario en la escarpada ladera del Párnaso y su conexión con los paisajes naturales que rodean a la montaña.

   No en vano, la declaración de Patrimonio Mundial de la que goza Delfos destaca no sólo que el yacimiento constituye “un testimonio único de la religión y la civilización de la antigua Grecia”, sino además un lugar de “singular armonía” entre el complejo monumental y su entorno natural, hasta el punto de poder ser descrito “como mágico”.

  

 

 


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