Évora, historia y patrimonio hasta los huesos
Fernando Barroso
Fernando Barroso
@FernandoBarVar
27 de junio de 2019
 
La capital del Alentejo atesora tanto notables monumentos medievales y renacentistas
como el encanto de su arquitectura tradicional en cada calle o plaza

 

En estos tiempos de la tan aplaudida como denostada globalización, la conservación o búsqueda de lo auténtico, de la esencia, se ha convertido en toda una cruzada para quienes ven una lógica amenaza en la tendencia a la uniformidad derivada de un mundo cada vez más interconectado, donde los matices propios siempre corren el riesgo de perder terreno ante lo común, expandido a través de la incontenible fuerza de las nuevas tecnologías de la comunicación.

 

Quizá por eso buscamos a veces el inherente exotismo de los lugares distantes, ligados (con razón) por el imaginario colectivo a paisajes asombrosos y culturas cuyos principios, costumbres y modos de funcionamiento rompen paradigmas plenamente interiorizados en nuestra manera de entender la vida.

  

Pero es posible que lo genuino no siempre resida irremediablemente en horizontes lejanos, como demuestra en buena medida la comarca portuguesa del Alentejo, cuya orografía de llanuras y suaves colinas salpicadas de olivares y pequeños municipios llenos de historia invita directamente a la pausa, al sosiego.

 

 

La capital de la región, Évora, constituye el máximo exponente de la oferta cultural y monumental del territorio, tras haber sido residencia de la monarquía lusa desde el siglo XV y la segunda ciudad más importante del reino en el siglo XVI.



 

 

 

No en vano, en 1986 su casco histórico fue declarado como Patrimonio Mundial por su notable “herencia monumental” de templos, palacios y murallas, así como por la “coherencia de su arquitectura menor” de los siglos XVI al XVIII, manifestada en sus casas encaladas con balcones de hierro forjado y decoración de azulejos.

 

Legado de la “Edad de Oro” de Portugal

 

Es más, la declaración de Patrimonio de la Humanidad de la que goza el casco histórico de Évora destaca literalmente que la capital del Alentejo supone “el más fino ejemplo de ciudad de la edad de oro de Portugal tras la destrucción de Lisboa” a causa del terremoto de 1755, así como un lugar “único” para comprender la influencia de la arquitectura lusa en el Brasil colonial.

 

 

De este modo, el casco histórico de Évora, completamente rodeado por sus antiguas murallas, cuyo origen se remonta a la ocupación romana, combina la monumentalidad de grandes edificios como su catedral gótica o la iglesia de San Francisco, con el encanto de su trazado medieval de estrechas calles, sus arcos entre paredes y su arquitectura tradicional de casas encaladas.

 

Tal unión se aprecia directamente en la plaza de Giraldo, corazón del casco histórico y nominada en homenaje al caballero Geraldo “Sin Miedo”, quien allá por el año 1.165 arrebató la ciudad a los musulmanes para el reino de Portugal.

 

 

La plaza, coronada por su emblemática fuente barroca y flanqueada por la iglesia renacentista de Santo Antão y la elegante sede local de la Agencia del Banco de Portugal, constituye un buen punto de partida desde el cual comenzar a conocer la ciudad, a través de su recogida arcada repleta de bares y comercios y su calzada de tradicional empedrado luso.

 

Desde la plaza, la ‘rua Cinco de Outubro’ asciende entre tiendas y balcones hasta la imponente fachada principal de la catedral de la ciudad, con su pórtico de arco ojival protegido por las robustas torres del monumento, su solemne claustro gótico y su prominente cimborrio, cúspide del paisaje de esta ciudad que en el siglo XV fue escogida como residencia de la realeza portuguesa. 

 

El pasado romano de Évora

 

Nada lejos de allí se alza otra de las señas de identidad de Évora: las ruinas de su antiguo templo romano del siglo I de la era actual, atribuido a la diosa Diana y 14 de cuyas columnas aún se alzan orgullosas, algunas de ellas conservando incluso sus capiteles, como testigos de los primeros tiempos de la ciudad.

 

 

También en esta parte alta de la capital del Alentejo resulta imprescindible contemplar al menos el palacio de los duques de Cadaval, flanqueado por dos sobrias torres medievales y fruto de la combinación de los estilos gótico y mudéjar con el arte manuelino, o visitar el museo de la ciudad, instalado junto a la catedral, en un edificio otrora palacio episcopal.

 

Ya descendiendo del promontorio sobre el que se asienta el núcleo principal del casco histórico, otro de los grandes monumentos de Évora es el Colegio del Espíritu Santo, principal sede de la universidad de la ciudad e indudable legado patrimonial gracias a elementos como su vistoso claustro columnado o el pórtico de mármol del siglo XVIII que corona tal espacio central del recinto.

 

Siempre intramuros, el serpenteo de calles empedradas salpicadas de arcos, comercios y cafés conduce irremediablemente a otros monumentos encuadrados en el esplendor gozado por Évora al ser elegida como residencia real en el siglo XV, como el antiguo convento de Gracia, construido al estilo renacentista italiano, o la iglesia gótico manuelina de San Francisco, cuya vasta y soberbia nave central acompañada de capillas y retablos refleja por sí sola la grandiosidad de este templo.

 

Évora hasta los huesos

 

Esta iglesia alberga por cierto una de las más genuinas joyas de Évora: la sobrecogedora y turbadora Capilla de los Huesos. Las paredes y columnas de este enclave, revestidas con miles de huesos y cráneos humanos procedentes de los templos y cementerios de la ciudad, constituyen una silenciosa pero directa advertencia sobre la fugacidad de la vida. “Nosotros los huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos”, reza en el pórtico de entrada a esta estremecedora capilla construida entre finales del siglo XVI y principios del siglo XVII.

 

 

Muy cerca de este particular enclave, dentro del suntuoso y romántico Jardín Público de mediados del siglo XIX, Évora conserva además parte del antiguo Palacio de Don Manuel, levantado en torno a 1468 como residencia real y que se alza como un robusto y elegante recinto palaciego caracterizado por elementos arquitectónicos que combinan el gótico tardío con el arte manuelino e incluso el mudéjar.

 

Y más allá del atractivo y belleza de estos monumentos, a los que se suman otros como la iglesia de la Misericordia o el convento de los Loyos, el valor añadido de Évora reside en que el patrimonio, la historia y la cultura abarcan la gran mayoría de su casco histórico, en el que cada paseo resulta aderezado de elementos urbanos de interés, como las recias arcadas del acueducto de Agua de Plata, construido durante el renacimiento, la también renacentista fuente Da Porta de Moura o sus muy bien conservadas murallas, de agradable recorrido gracias a los jardines que las acompañan.

 

El casco histórico de la capital alentejana, de este modo, invita a disfrutar cada calle, esquina y plaza, saboreando hasta los huesos esta ciudad romántica de glorioso pasado señorial, cuyo entorno alberga además diversos vestigios de las primeras sociedades que poblaron el Alentejo, como el majestuoso crómlech de Los Almendros, que merece un capítulo aparte, o el dolmen de Zambujeiro.

 


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