La máscara, el rostro oculto del carnaval
Ana Pérez Luna
Ana Pérez Luna
@AnaPerezLuna
28 de febrero de 2019

 

La máscara viene a ser un complemento esencial para los disfraces de carnaval. A la vez que oculta el rostro total o parcialmente, también lo adorna y reviste de expresión.  

 

La furia, la belleza, la risa, la tristeza o el propio terror en forma de papel maché y cuero se adueñan de las calles en aquellas ciudades que acogen estos festejos.

 

Pero no siempre las máscaras estuvieron relacionadas con eventos lúdicos. A lo largo de la historia este objeto, cuyo origen se sitúa en la Edad Antigua, ha ido adquiriendo utilidades distintas vinculadas a determinadas liturgias religiosas o culturales.

 

Así, en sus inicios las máscaras formaron parte de un contexto cercano a la magia y la superstición en el que el hombre se protegía de animales, divinidades y espíritus. Serían los griegos y los romanos quienes las introdujeran en el mundo de las artes escénicas permitiendo la caracterización de los actores teatrales.

 



La etapa medieval entrañó un importante auge de esta pieza ornamental, pero el verdadero boom tendría lugar en época renacentista, con el surgir del teatro popular italiano conocido como comedia del arte y, durante el siglo XVI especialmente en Venecia.

 

Aunque el carnaval y el uso de la máscara están muy vinculados a la sensualidad, el disfrute y el desenfreno en el imaginario colectivo, lo cierto es que también goza de anécdotas no poco macabras como es el caso del asesinato del rey Gustavo III de Suecia durante un baile de máscaras en la Ópera de Estocolmo.

 

En cualquier caso, hoy, esta expresión cultural llamada carnaval es, con o sin máscara, toda una conjunción de color, ritmo y alegría.

 

Entre los lugares donde este accesorio encuentra una mayor tradición están Venecia, Japón y México.

 

 

Máscara veneciana

 

El Carnaval de Venecia ha atravesado por todo tipo de momentos, desde los más álgidos, hasta los más decadentes, incluso pasó a ser una fiesta prohibida por Napoleón, quien pretendía evitar cualquier atisbo de conspiración.

 

 

Sin duda, el elemento central de esta celebración es la máscara, un reconocido icono identitario de la ciudad. Si en la actualidad prima su función estética, antaño representaron a personajes de toda índole: escribanos, mercaderes, arlequines, vividores, criados y hasta doctores. Llama la atención el origen que se atribuye al antifaz cuya desproporcionada nariz tiene forma de pico de ave. Al parecer era usada por los médicos que trataban a enfermos de peste, permitiendo el espacio nasal alojar pañuelos perfumados.

 

 

Máscara japonesa

 

La máscara nipona cuenta con un trabajo artesano digno de admiración, su origen milenario está vinculado a ritos religiosos que, con posterioridad, se ampliaron e incorporaron otras connotaciones más relacionadas con la cultura.

 

La popularidad durante el siglo XIV del conocido Teatro Noh que reunía varias disciplinas como el canto, la poesía y la danza fue determinante para convertir la careta en una tradicional pieza.  

 

 

Personajes clásicos como la geisha, el viejo, el borracho, o los demonios y animales mitológicos toman forma humana a través de tradiciones tan bellas como la representación.


 

Máscara mexicana

 

Aunque en la actualidad quizás hablar de máscaras y México nos lleve a asociar nuestro pensamiento con los profesionales de la lucha libre y sus peculiares caretas, la realidad es que este objeto tiene una enorme tradición en el país.

 

 

Su evolución ha ido aparejada a la historia del lugar, existiendo máscaras de origen azteca, previas a la llegada de los españoles al territorio o máscaras coloniales. En general, su uso ha estado relacionado con rituales, bailes y celebraciones. Si en otro tiempo se pensaba que contagiaban las propiedades divinas, hoy se han convertido en un tradicional complemento decorativo muy utilizado en fechas señaladas como Navidad, Semana Santa, el Día de los Muertos o el mismo Carnaval.


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