Puentes habitados para cruzar y vivir

 

Son muchísimas las ciudades que cuentan con puentes entre las joyas de su patrimonio. Sin embargo, apenas quedan en Europa una quincena de puentes con una característica singular: que estén habitados

 

Enrique Cervera

8 de agosto, 2018

 

Artículo publicado en El Plural

 

Lamentablemente, el accidente del Viaducto de Morandi ha vinculado estos días la idea de puente con la de tragedia. Sin embargo, los puentes, desde tiempo inmemoriales, son sinónimo de encuentro y de vida. Y no sólo metafóricamente sino de manera literal pues muchos puentes han servido como lugares donde vivir. Y no, no hablamos de vivir debajo de un puente, sino encima de ellos. Es verdad que algo que ocurría con mucha frecuencia en la Edad Media, ahora es una situación prácticamente excepcional.



Aunque a la hora de hablar de puentes habitados a la mayoría le vuela la imaginación al maravilloso Ponte Vecchio de Florencia, cuyo aspecto actual se mantiene desde el siglo XIV, cuando sustituyó al viejo puente romano sobre el Río Arno, hay otros en Europa menos conocidos pero que merece la pena conocer.

En esta ocasión, vamos a dar una pincelada solamente sobre tres de estos puentes: el Tiberio de Sommières, en Francia; el Pulteney Bridge en Bath, Reino Unido y el Puente de los Mercaderes (Krämerbrücke) sobre el río Gera a su paso por la ciudad alemana de Erfurt.

 

Sommières, pequeña ciudad de gran carácter

A mitad de camino entre el Parque Nacional de las Cevenas y la Camarga, en el Delta del Ródano, la pequeña villa francesa de Sommières (apenas 5.000 habitantes) vive desde hace veinte siglos vinculada a su hermoso puente romano que atraviesa el río Vidourle en su corto discurrir hacia el Mediterráneo.

El Puente de Sommiéres, llamado de Tiberio, aunque algunos historiadores lo datan en la época de su padrastro Augusto, ha nucleado desde tiempos inmemoriales a artesanos y comerciantes, como la propia villa del cálido sur francés. Las sucesivas reconstrucciones hacen poco reconocible su estructura original, salvo en uno de los arcos, el que da a la Rue de la Grave. En realidad, de los 20 arcos con los que contó en su momento, apenas media docena no han sido absorbidos por el tejido urbano, que ha aprovechado sus pilares como cimientos. Aun así se trata de un puente hermoso, que da paso a una ciudad con un encanto especial y por eso forma parte de la singular red francesa de Petites cités de caractère, formada por pequeños municipios franceses cuyo casco urbano mantiene la autenticidad de antaño. De Sommières no hay que perderse su Castillo medieval (siglo X) ni su mercado, en la plaza principal.

De todas maneras, para los amantes de las piedras, dos pistas en las cercanías que no deben perderse: las Arenas de Nimes, el anfiteatro romano mejor conservado del mundo (sí, hay corridas de toros dos veces al año, además de otros espectáculos) o el tramo de acueducto (ahora es cuando nos preguntamos aquello de qué han hecho los romanos por nosotros…) conocido como Pont du Gard.

 

Fotografía Visit Bath

El Pulteney Bridge de Bath, un puente para morirse

En realidad, toda la ciudad británica de Bath, a orillas del Avon, es para morirse de placer porque, aunque no son pocas las que se consideran una de las más bellas de Europa, la vieja capital de la corte georgiana realmente tiene galones para aspirar a tal galardón.

La alusión macabra, en todo caso, viene al pelo porque este puente, de belleza estremecedora, fue el elegido para rodar la terrible escena de la muerte de Javert, en la versión cinematográfica de Los Miserables.

El Pulteney Bridge, sin embargo, no necesita de recreación cinematográfica alguna para contar con una merecida notoriedad desde que fue diseñado, en torno a 1760, con la voluntad de epatar a medio mundo. El reto era fenomenal en una ciudad en la que por aquella misma época se levantaban al otro lado del Avon dos joyas de la arquitectura georgiana, The Royal Crescent y The Circus.

Sin embargo, este puente de traza clásica pero espectacular, pertenece al exclusivo y muy reducido club de los puentes colmatados por tiendas a lo largo de longitud (45 metros) y a ambos lados. Es hermoso recorrerlo y observar el caudal del Avon discurriendo bajo sus pilares, pero mucho más utilizarlo para adentrarse en esa maravilla del mundo (y Patrimonio de la Unesco) que es Bath, ciudad fundada, por cierto, por las divisiones romanas en Britania más o menos por la misma época en la que Tiberio (o Augusto…) ordenó levantar el puente sobre el que se levantó después Sommières (el Imperio, que era un pañuelo…)

Finalmente, otro de los miembros del selecto club al que antes hacíamos referencia, el de los puentes atestados de comercios. De ahí sale el hermoso nombre de Krämerbrücke, el Puente de los Tenderos de Erfurt, la capital del land, Turingia.

 

© Erfurt Tourismus und Marketing GmbH

Krämerbrücke, el Puente de los Tenderos en el corazón de Alemania

Erfurt representa el corazón de la arquitectura medieval. Alrededor del Krämerbrücke se desarrolló una ciudad cargada de historia y que tuvo un formidable protagonismo en la época de la Reforma. En algo influiría que un pastor llamado Lutero fuera vecino de esta ciudad, estudiara en su centenaria universidad (fundada en el siglo XIV) dejara para la historia un encendido elogio de las torres de sus iglesias, más de 25, que hoy siguen en pie en su casco histórico.

El Krämerbrücke es el puente habitado más largo de Europa, 125 metros sobre el río Gera, enteramente peatonal y que cada año, en el tercer fin de semana de junio, concentra la Krämerbrückenfest, que este año alcanzó su 43º edición.

Como sucede con Bath, el Puente Krämer no sólo merece la pena por lo que es en sí sino porque da paso a una ciudad en plano corazón de Alemania, con un casco histórico que apenas sufrió los embates de los bombardeos aliados y en la que no hay que perderse a Iglesia de San Severi, la Catedral gótica de Santa María (donde ordenaron sacerdote al omnipresente Lutero) y, sin duda, la Sinagoga, una de la más importantes del medievo europeo.

 

Puentes habitados, en definitiva, que hay que cruzar. Y vivir

 


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